
La encarnación del Verbo, “Aquel que es la Palabra se hizo hombre y vivió entre nosotros” (Jn 1: 14), es un hecho fundamental de la obra salvadora de Dios. Así entendemos que la Palabra se traduce en una realidad visible que nuestros ojos pueden ver. El mensaje de esta palabra encarnada puede traducirse a todas las lenguas humanas: ha sido dado y revelado para ser comunicado.
Cuando se escribieron los documentos básicos que son los Evangelios, se trataban ya de una traducción, puesto que no los tenemos en la lengua aramea que habló Jesús, sino en el griego popular, la lengua más difundida en el primer siglo.
Esta “traductibilidad” del Evangelio muestra que se trata de un mensaje capaz de alcanzar un grado máximo de universalidad, es decir, se trata de un mensaje hecho para ser traducido y compartido. Así el dinamismo del Espíritu que empuja a la Iglesia hacia el cumplimiento de su misión lleva también al pueblo de Dios a un constante proceso de contextualización. El texto va pasando de contexto en contexto.
El Antiguo Testamento originalmente fue escrito en hebreo y arameo, y el Nuevo Testamento fue escrito en griego. Con frecuencia, el Nuevo Testamento cita al Antiguo utilizando una temprana traducción de éste al griego anterior a Jesucristo, llamada Septuaginta. Y fue el exilio judío el que hizo surgir la necesidad de la traducción.
Cuando vinieron nuevas generaciones de judíos exilados que desconocían la lengua hebrea, fue necesario traducir los libros que constituían la memoria e identidad del pueblo de Israel al griego, la lengua vernácula en cuyo ámbito esas nuevas generaciones vivían. Subsistir como pueblo de Dios denotaba ya un sentido de misión y para ello la palabra era fundamental.
Cuando llegamos al cristianismo, es evidente la importancia que se atribuye a la lengua vernácula. Precisamente al ser traducido de manera dinámica a otras lenguas, el mensaje alcanza resonancia en un contexto cultural diferente y se da lo que hoy llamamos “contextualización”, término que la antropología cultural ha tomado de la tradición científica de traducción bíblica. Y así comprobamos un hecho irrefutable: Toda lengua y toda cultura son un buen vehículo para el mensaje de la Biblia. No hay alguna lengua, por así decirlo, más “sagrada” que las demás. No hay nada inefable en el mensaje bíblico, que solo pueda ser expresado en determinada lengua sagrada.
Por Dr. Samuel Escobar, extraído de La Traducción Bíblica: Clave para la misión de la iglesia
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