
Cuando hay pérdidas, inevitablemente en nuestro interior se producen “duelos”, y es bueno saber cómo enfrentarlos. Definamos primero qué es un “duelo” y cómo se manifiesta: Es lamentar la pérdida de algo o alguien. La pérdida de un familiar o un amigo, una parte del cuerpo o función de una parte del mismo, pérdida de una propiedad, de un empleo, una mascota, entre otros.
Sea pequeña o grande, toda pérdida nos afecta y nos hace experimentar aflicción. El proceso del “duelo” manejado de forma sana y visto de forma resumida, pasa por un mínimo de tres momentos, luego de que se manifiestan “la pérdida o crisis inicial”.
- “Negación e ira”: No creen que se haya dado la pérdida. De repente llora o se desata en cólera contra Dios, el difunto o la pérdida que tuvo. Muchas preguntas y dudas. A veces busca un culpable. Esta etapa puede durar un mes o más. Ayuda llorar y desahogarse.
- “No se ve esperanza”: Frecuentemente hay tristeza y desesperanza. Anhelan recuperar lo perdido y se sienten solos y olvidados. Se sienten culpables de la muerte del ser querido o de la pérdida. Dicen: “Si yo hubiera…” Puede suceder entre 6 a 15 meses después de la pérdida.
- “Nuevos comienzos”: Quienes han aceptado y procesado la pérdida avanzan. Empiezan a pensar en seguir adelante con su vida. Hay un cambio, no serán los mismos, si han procesado bien su aflicción será más fuerte y podrán ayudar a otros.
Otto Ralón, sirviendo en Ministerio CAYADO (Cuidado, Atención Y Apoyo De Obreros)
Parte de la experiencia humana
Cuando hablamos de duelo hablamos de un proceso de adaptación emocional, psicológico y conductual frente a una pérdida significativa. No solo ante la pérdida de seres queridos. Esta pandemia ha generado que un gran fragmento de la población esté en duelo frente a la pérdida de relaciones personales, negocios y emprendimientos, trabajos, familiares, etc. El duelo no es una enfermedad en sí pero, mal abordado, podría terminar derivando en una.
El dolor producto de la pérdida es algo ineludible y como cristianos no solo debemos hacernos cargo de nuestro propio sufrimiento, sino también como comunidad aprender a acompañar a los que están experimentando la pérdida.
Todos somos distintos y experimentaremos la pérdida en distintas fases y con distintos tiempos. Lo importante es no estar solos ni dejar solos como comunidad cristiana a quienes sufren la pérdida, y entender además que la expresión emocional del dolor es legítima.
Si el mismo Jesús lloró ante la muerte de un amigo, nosotros no podemos considerar debilidad o incorrecta la expresión de nuestro dolor.
Un punto importante del duelo es que este no persista en el tiempo en algunas de sus fases. La comunidad no debe presionar, pero sí estar atenta a que la persona paulatinamente se pueda reincorporar a la vida cotidiana y al funcionamiento social. Cada quién en su debido tiempo y con la adecuada contención que la comunidad debe brindar.
Rolando Campos, psicólogo y misionero movilizador