
Mi nombre es Melissa. Mi esposo John y yo vivimos aquí con nuestros hijos, en Jos, Nigeria. Dirijo un ministerio llamado Jardín de Gracia, que alcanza a prostitutas y prisioneros con el evangelio de Jesucristo. Y dirigimos un albergue para estas mujeres y niños.
Una vez conocí una mujer en un burdel al que llamábamos el burdel azul.
Ella estaba embarazada y trabajaba como prostituta. Le rogué que nos dejara ayudarla pero ella nos rechazó. Cuando dio a luz a una pequeña bebé, la llamó Nansik y cuando tuvo seis meses, la abandonó. Nunca vimos a su madre de nuevo.
Hablé con la dueña del burdel y le pedí que me dejara llevarme a la bebé a casa para cuidarla. Ella me preguntó cuánto estaba dispuesta a pagar, le dije que yo no iba a pagar por ella, que no necesitaba a una bebé pero que la llevaría a casa para ayudarla.
Ella se negó. La dueña y yo mantuvimos esta conversación muchísimas veces durante un año y cada vez que yo iba al burdel, Nansik estaba peor.
Un julio pasado, fuimos al burdel y vimos a Nansik casi muerta. Una vez más, me ofrecí a llevármela pero esta vez le dije que si la bebé moría, la policía vendría y haría preguntas. La dueña me dijo que me la llevara.
La miré y su estado era abrumador. Estaba tendida sobre sus propias heces y cubierta en cerveza.
Ese desastre era terrible. La tomamos y nos fuimos rápido antes de que alguien cambe de parecer. La llevamos directo al hospital y nos enteramos que tenía neumonía, estaba severamente desnutrida y estaba ebria. En la siguiente semana se tuvo que quedar en el hospital, recuperándose.
Apenas estuvo mejor la llevamos a casa y la hicimos parte de nuestra familia.
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