
“Cuando dejamos que una actividad misionera se enfoque solo en las necesidades materiales del hombre sin el equilibrio espiritual correcto, estamos poniendo en práctica un programa que finalmente fracasará.”
K.P. Yohannan, fundador “Evangelio para Asia”.
La pobreza está arraigada las relaciones rotas, así que la relación de la pobreza está arraigada en el poder de la muerte y resurrección de Jesús para poner todas las cosas en relación correcta de nuevo.
La gente de bajos recursos económicos usualmente habla en términos de vergüenza, desesperanza, depresión y aislamiento social, y es la Iglesia la llamada a cambiar la manera de pensar (Romanos 12:2), es decir, restaurar la mente. En lugar de verse como siendo creados a la imagen de Dios, frecuentemente se sienten inferiores a los demás.
Por ello, urge enseñarles con las Escrituras el plan que Dios tiene para cada persona. Asimismo, debemos de renovarlos y renovamos en el Espíritu de nuestra mente (Efesios 4:23-25) Una mente no renovada, impide que los pobres tomen la iniciativa y no puedan aprovechar las oportunidades de mejorar su situación.
Los pobres son capacitados para tomar decisiones acerca de la mejor forma de sembrar, de actuar conforme a sus decisiones, de evaluar los resultados de sus decisiones, y empezar el proceso de toma de decisiones nuevamente. De ahí que, ¡la participación en su sentido más completo no es sólo un medio hacia un fin sino el fin más importante! Como ves, lo que está en juego no es solo el bienestar de los pobres, tan importante como eso es, sino más bien la misma autenticidad del testimonio de la Iglesia por el poder transformador del Reino de Dios.
Fuente: el libro Cuando la Ayuda Hace Daño por Brian Fikkert y Steve Corbett
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